Relato incómodo
Hoy se
suscitó una situación algo incómoda cuando volvía de hacer una caminata.
Resulta que volví y había una especie de familia alrededor de la puerta de
entrada. Yo estaba indeciso de entrar o seguir prolongando “el paseo”. Un señor
entrado en edad salió hacia la calle desde adentro del edificio donde vivo queriendo
“descubrir” de la escondida que practicaba una chiquilla de alrededor de siete
años, atrás de una columna. Soltando
una
exclamación la descubre. Ahí es cuando yo decido que quiero entrar. La puerta,
entonces, la sostenía un hombre de mediana edad -tal vez algunos años más que
yo- pelo castaño claro, algo de barba. La sostenía mientras detrás suyo había
parte de la familia, y el viejo y la nena estaban afuera. Y ahí es cuando se da
el momento CONFUSO de la noche: esbozo un “permiso” mirándolo a los ojos, interpretando
de su mirada un desconcierto parecido al mío en cuánto a que no nos conocíamos.
Yo tenía derecho a pasar, y él a dudar de dejarme pasar. Finalmente lo convenzo
-¿con mi mirada?- y me deja pasar.
Camino lo
que es el hall de entrada del edificio donde vivo y llego al ascensor, cuya
puerta abro. Miro para el hall como hago siempre y lanzo mi invitación: -¿sube
alguien?-, dirigido a toda la familia. Entre ellos discuten suavemente hasta
llegar a la definición: viajará conmigo el señor de mediana edad, pelo castaño
claro, barba y pocas palabras que me abrió la puerta gentilmente. Diciendo al
viejo: “yo voy acá” le anuncia que pasará un par de minutos -el iba al 9, yo al
12- con un perfecto extraño como yo. Marco el 9 -ya que el había preguntado en
voz alta al viejo adónde se dirigía y ésa había sido la respuesta-. Luego marco
el 12. Cierro la puerta y me preparo para lo que interpreté rápidamente sería
un viaje de silencio incómodo. ¿Disonancias políticas en un día convulsionado
políticamente? Tal vez. ¿Algo de vergüenza compartida por no reconocernos y
compartir edificio? Tal vez también. Cuestión que promediando el viaje me
acordé de inflar un poco el pecho, y me refiero a una memoria ancestral, no a
una memoria del cotidiano y siento que me equiparo más al cuerpo de, digamos,
Jorge.
Llegamos al
nueve, me preparo para abrir la puerta previo notar que él no atinaba a hacerlo,
y abro la segunda -son dos puertas- con más demanda de esfuerzo y precisión en
la apertura. Nos despedimos con una formalidad, y cada uno siguió su camino.
¡Qué situación
tan incómoda!
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